jueves, 21 de mayo de 2026

Empatía.

Un nuevo inquilino llega a la vecindad y lo primero que hace es colgar su ropa en los tendederos que ha puesto y que dan a mi fachada. Cuando le digo que, en realidad, la vista no es muy bonita ya que prefiero no levantarme y ver los calzones de su esposa o las medias de sus hijos me dice: "Hay que tener empatía estimado, yo podría quejarme del vecino del departmento 1 que ha decidido no poner cortinas en el departamento y se pasa el día planchando sus camisas en un bividí pequeño y apretado, y para colmo, con hueco pero, mire usté, tenemos que ser empáticos y vivir en buena vecindad. Le puedo decir a mi esposa que mueva un poco la ropa, pero no tengo mucho espacio porque el departamento es muy pequeño y vivo con 4 personas allí.

"No dudo que usted viva con muchas personas en ese sitio dado que tiene 3 tendederos que dan a mi fachada pero creo que con una lavaseca podríamos ayudar al secado inmediato de la ropa y ahorrarnos ese problema. Tal vez pueda hablar con el dueño y decirle que compre una para el departamento y entonces todo regrese a la normalidad. Por lo del inquilino del primer piso, que aún no conozco, es necesario pedirle cortinas, ya lo haré yo."

Todo esto obedece también a la poca paciencia de acercarme a dar la bienvenida a cualquier vecino que ingresa, teniendo como escusa las malas experiencias del pasado con unos provincianos salseros o unos argentinos que no pagaban nada en el tema de mantenimiento, limpieza o jardinería. Al parecer, me he vuelto uno de esos hombres que se quejan de tratar de vivir de la mejor manera posible en el espacio que ocupan; no estoy seguro si es que la edad va avanzando y me vuelvo un poco más incómodo ante la idea del prospecto de vecino que pueda tener. Algunos dirían que el progreso ha llegado a la urbe, y sí, llegó pero en el camino se le cayó, tal vez, un poco del respeto al vecino y les dió flojera recogerlo. De nada sirve tener un carro último modelo si dentro de él tienes a uno de esos perritos que mueven la cabeza cada vez que pones primera. 

Me pregunto si es aquella falta de interés o conexión con el propio vecino, que ahora abunda en cada caso, la que nos limita a indagar sobre las costumbres (buenas o malas) que tiene la persona que viene a vivir en un vecindario o condominio. Hasta que eso no esté esclarecido basta con tomar un poco de agua de azahar y enfocarse en cualquier otra cosa porque como dice la canción de un comediante: "Nada de eso importa porque, ya sabes, pronto estarás muerto." Je. A relajar un poco el cuerpo que todavía quedan varias olas que remar. Con una vista de locos desde mi fachada. Resignación...aunque a mi espíritu de pelea no le guste el significado de esa palabra. 


lunes, 4 de mayo de 2026

Unos viejos amigos.

Algunos de mis más grandes amigos, se han vuelto arrugados y hasta han perdido un poco de color de la juventud, de la novedad. Pero es lo natural. Mientras más tiempo paso con ellos, más los entiendo y cuando los visito de vez en cuando siempre tienen algo interesante que decir y refrescar en mi memoria. Y me juzgan, cómo no, pero también me pueden hacer reír y entender cosas desde un diferente punto de vista. La soledad trae consigo silencio y entendimiento. No siempre el perdón. Pero sí un poco de paz y tranquilidad. Y momentos de intensos debates internos que terminan en la necesidad de visitar a algún amigo que esté cerca. Para relacionar qué me tiene que decir acerca de ese manifiiesto de sentimiento que pulula por la noche. A veces, las palabras son muy mal agradecidas. Otras veces, son una bandera blanca antes de caer en brazos de Morfeo. Las historias se convierten en aventuras que uno quisiera vivir, cómo no. Tal vez para entender que uno no es el mundo. Tal vez para escapar de algún otro pensamiento. Pero es bueno estar rodeado de amigos. Inanimados pero sinceros. Tristes y alegres, lúdicos, de imaginación fértil, de pasados grandes y presentes complicados. De vida, de amor, de pérdida, de resignación, de futuro incierto, de tiempo, de entradas y salidas.

Un refugio temporal de realidad tan necesario en mentes divergentes. En engranajes que no logran encajar porque algún diente se rompió hace ya mucho tiempo. Una necesidad vital, como el agua, como una sonrisa real. En la soledad, bailo a oscuras, sin música, sin tiempo, sin final. Y solo me detengo cuando no puedo ver nada más frente a mis narices. Luego, prendo una tenue luz. Y ahí están todas mis lecturas, viéndome bailar sin juzgar, parados en silencio unos junto a otros de diferentes colores y formas. Y ya no siento miedo. Me siento libre y acompañado. Con la vulnerabilidad del ser humano presente en mis venas pero con latidos tranquilos y una presión dentro de los valores normales. 

Por las noches, columpiarse de edificio en edificio por las ciudades, descubrir al autor del crimen, esconderse del monstruo del tiempo, descifrar el camino a seguir, indagar sobre el enigma del amuleto perdido o fumar de una pipa en silencio mientras piensas en todas las formas de resolver el crimen no son una mala manera de pasar la vida. Deben haber mejores maneras. Algunas las viví y algunas perdí. Pero esto queda y me acompaña. Y una paz inmensa, confundida con soledad, viene a visitarme la mayoría del tiempo. Las puertas siempre abiertas, ellas tienen la llave. Y mis amigos, en esos estantes largos y profundos, son silenciosos testigos por las noches de una vida con algo de luz y algo de sombra.


Empatía.

Un nuevo inquilino llega a la vecindad y lo primero que hace es colgar su ropa en los tendederos que ha puesto y que dan a mi fachada. Cuand...