lunes, 4 de mayo de 2026

Unos viejos amigos.

Algunos de mis maás grandes amigos, se han vuelto arrugados y hasta han perdido un poco de color de la juventud, de la novedad. Pero es lo natural. Mientras más tiempo paso con ellos, más los entiendo y cuando los visito de vez en cuando siempre tienen algo interesante que decir y refrescar en mi memoria. Y me juzgan, cómo no, pero también me pueden hacer reír y entender cosas desde un diferente punto de vista. La soledad trae consigo silencio y entendimiento. No siempre el perdón. Pero sí un poco de paz y tranquilidad. Y momentos de intensos debates internos que terminan en la necesidad de visitar a algún amigo que esté cerca. Para relacionar qué me tiene que decir acerca de ese manifiiesto de sentimiento que pulula por la noche. A veces, las palabras son muy mal agradecidas. Otras veces, son una bandera blanca antes de caer en brazos de Morfeo. Las historias se convierten en aventuras que uno quisiera vivir, cómo no. Tal vez para entender que uno no es el mundo. Tal vez para escapar de algún otro pensamiento. Pero es bueno estar rodeado de amigos. Inanimados pero sinceros. Tristes y alegres, Lúdicos, de imaginación fértil, de pasados grandes y presentes complicados. De vida, de amor, de pérdida, de resignación, de futuro incierto, de tiempo, de entradas y salidas.

Un refugio temporal de realidad tan necesario en mentes divergentes. En engranajes que no logran encajar porque algún diente se rompió hace ya mucho tiempo. Una necesidad vital, como el agua, como una sonrisa real. En la soledad, bailo a oscuras, sin música, sin tiempo, sin final. Y solo pme detengo cuando no puedo ver nada más frente a mis narices. Luego, prendo una tenue luz. Y ahí están todos mis amigos, viéndome bailar sin juzgar, parados en silencio unos junto a otrso de diferentes colores y formas. Y ya no siento miedo. Me siento libre y acompañado. Con la vulnerabilidad del ser humano presente en mis venas pero con latidos tranquilos y una presión dentro de los valores normales. 

Por las noches, columpiarse de edificio en edificio por las ciudades, descubrir al autor del crimen, esconderse del mounstro del tiempo, descifrar el camino a seguir, indagar sobre el enigma del amuleto perdido o fumar de una pipa en silencio mientras piensas en todas las formas de resolver el crimen no son una mala manera de pasar la vida. Deben haber mejores maneras. Algunas las viví y algunas perdí. Pero esto queda y me acompaña. Y una paz inmensa, confundida con soledad, vienen a visitarme la mayoría del tiempo. Las puertas siempre abiertas, ellas tienen la llave. Y mis amigos, en esos estantes largos y profundos, son silenciosos testigos por las noches de una vida sin luz ni sombra.


Unos viejos amigos.

Algunos de mis maás grandes amigos, se han vuelto arrugados y hasta han perdido un poco de  color de la juventud, de la novedad. Pero es lo ...