lunes, 11 de junio de 2018

Al ruedo, mi viejo enemigo.


Cuando se vió las manos comprendió inmediatamente que los surcos de los nudillos, ahora más profundos, empezaban a mostrarse de manera distinta. Cerró las manos haciendo puños y notó un pequeño dolor entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Sentía la velocidad de los dedos, esa por la que había trabajado a su manera por tantos años, desvanecerse sin haber sido realmente escuchado. Rezaba por que el día de mañana pueda combinar de manera perfecta, nuevamente, negras y blancas y poder tararear aquella melodía que le había sido esquiva por más de 40 años. Aquella que haría que el mundo le aplauda.

Alguien le había dicho años atrás que el pecado más grande era el miedo. “Dios odia a los cobardes” habría escuchado. Y eso se le había impregnado en el corazón como nada más, aún cuando tenía que tocar para algunas cuantas personas. Antes eso significaba una felicidad absoluta. Ahora no era nada especial, tal vez el paso de los años habría hecho que él se desencantase de lo que siempre había proclamado ser: un pianista.
Veía en los noticieros cuántas bandas nuevas surgían, cuántos niños virtuosos del violín habían aparecido y los contemplaba sin decir palabra alguna. El corazón le palpitaba con una ferocidad incalculable y había aprendido a mantener la compostura sin mediar palabra alguna. Las esperanzas y la ilusión habían partido no sin antes dejar entrar al mal humor y la crítica constante hacia los demás que en realidad reflejaban solamente una amargura personal. Carente ya de imaginación, se había puesto a leer todo lo que podía y hacía informes en pequeños papeles de colores que pegaba sobre páginas de revistas especializadas en la última tecnología musical, de cómo ésta podía interpretar a Pachelbel con la misma pasión con la que un ejecutante de carne y hueso podía hacerlo y eso lo ponía de pésimo humor.

Tenía un perro que lo acompañaba en aquellas noches de lectura y el piano no había sido abierto en 4 años. Si no hay pasión, no hay ni siquiera por qué afinarlo. El cerebro había tenido una que otra buena idea a su parecer pero no se había molestado en pararse y grabarla porque eran las 3 de la tarde y tenía que dormir en algún momento. El día era muy largo ya que nadie lo visitaba y no tenía televisión ni recibía el periódico por lo que no tenía ni idea de cuáles eran los titulares del día o lo que pasaba a tres pasos de la puerta de entrada. Aunque tenía acceso inmediato a internet y todo lo bueno que youtube podía ofrecerle a altas horas de la noche.

De pronto, una carta llegó a su hogar. Escrita a mano. Reconoció inmediatamente la letra y titubeó en abrirla. Mientras lo hacía sentía que ciertas notas regresaban a su cabeza, acordes que no había escuchado más que en su cerebro por muchos años, piezas muy difíciles de ejecutar y que él había llegado a tocar sin problema alguno en su juventud. Las claves, los sentido spuestos en la nota inmediata a ser ejecutada en compases de ¾ y 7/8, las partituras que tanto había odiado y el frío de las teclas que habían sido sus mejores amantes por tantos y tantos años. Respiró de manera profunda y empezó a leer:

“Hola. Sé que aún vives en ese horrible sitio. No tengo mucho tiempo de vida, sin rodeos, es cáncer, a lo mejor duro un par de años más. ¿Recuerdas que bromeábamos de eso hace tantos años? Bueno a mi me llegó primero (creo, pero chequéate no vaya a ser que en eso también hayas querido ganarme). Mi último deseo es hacer una gira mientras pueda. Pero nada me motiva; a menos que te haga salir de ese cuchitril en el que decidiste pasar tus días, nada hará que yo vuelva a los escenarios. Un duelo, eso es lo que quiero. Quiero tener la oportunidad de que el mundo de ahora vea que puedo arrebatarte el título esta vez. Estaré en tu país en 3 meses.
PD: practica, nada me disgustaría más que ponerme a un nivel bajo y, conociéndote, seguro no has abierto ese hermoso piano que tienes en mucho tiempo. Así que ya sabes, a nadie le gusta hacer el ridículo frente a una distinguida audiencia. Y recuerda: Dios odia a los cobardes.”

Guardó la carta con cuidado y contempló a su viejo perro al lado buscando la aprobación de su mirada.
Se miró nuevamente las manos pero, esta vez, sonrió.