lunes, 20 de noviembre de 2017

Con mucho poder debe llegar mucha responsabilidad!

Ante la duda, me decidí a agarrar lapicero y papel (jamás le envíes una carta escrita en computadora que ni las usa!) y, sin saber qué decirle, empecé a ensayar esas palabras que no recordaba como dibujar una por una (la jota es con un punto arriba o con línea?) a ver que pasaba luego, qué sucedía. Porque no era, en mi caso, poca cosa escribirle a este hombre, qué va, si es una gran fuente de inspiración en todo lo que quise ser como ser humano y mientras más curiosidad sentía sobre este tipo y su manera de pensar y vivir, y más leía en foros (que era un excéntrico millonario, que nunca respondía nada, que seguía trabajando en las oficinas chicas y sucias de una calle neoyorkina desde hace más de 50 años, que se levantaba del escritorio sólo para recoger correspondencia y recibir, entre ellas, cheques de hasta 800 000 dólares que ni usaba, que si lo veían en la calle ni siquiera sabrían quién es ya que no existe un archivo fotográfico de su cara más que la que se tomó en los 50´s para el Yearbook porque era una obligación)….mito y leyenda juntas y yo tenía que intentarlo.
Calculé vagamente que estaría ya bordeando 95 años y que tal vez no se detendría a responder cualquier misiva porque, vamos, a esa edad uno supone que el día pasa lento cuando no hay nada que hacer pero investigando un poco más, todavía sigue activo y dibuja para publicaciones americanas lo que hacía de mis esperanzas de un par de líneas escritas a mano una muy lejano sueño.
Huraño, extraño, con los pies bien puestos en la tierra y sin ninguna ínfula de superioridad, Steve Ditko todavía camina las calles de Nueva York y va a trabajar como lo hace hace más de 70 años con la seriedad y humildad que lo caracteriza. Flashes no por favor. Entrevistas, muchas menos, no existen. Un raro caso para quien es el verdadero creador de aquél superhéroe que adorna las casas, que vive en cómics, películas, polos y demás parafernalia hasta el día de hoy e ilumina las mentes de millones de seguidores en el mundo entero.
Así que nada, igual, a escribirle bajo ciertas reglas que se debían cumplir dadas por aquellos que habrían recibido una carta de puño y letra de esta leyenda viviente. Nada de computadoras, no sabe qué cosa es un celular, no tiene facebook y sigue utilizando un teléfono de discado en su mesa: Mr. Ditko vive como si el mundo no hubiera cambiado en los últimos 50 años, y, por qué no? Se le oyó decir alguna vez que el artista debe ser reconocido por el arte que produce…la persona, o el alter ego, es sólo piel y hueso y eso morirá alguna vez. El arte habla por sí mismo. Así que vive como quieras.

En la misiva que le envíe le pregunté tantas cosas sobre la vida, los giros que ésta había tenido en base a las decisiones que tomé y mucho más. Esperé varias semanas en una época en donde la respuesta es inmediata vía un whatsapp o una red social y lo más difícil del mundo es tener que esperar. Tal vez haya un aire de júbilo y regocijo en su interior, al saber que la respuesta debe esperar el tiempo que él lo decida. Pero recibí la respuesta, escueta, por supuesto, del gran Steve Ditko y no podía creer que efectivamente, todo era en puño y letra, hasta su firma.
Gracias Steve, habemos algunos que todavía creemos en ti, en tu manera de vivir y pensar y en que Peter Benjamin Parker sin Steve Ditko, no podría haber sido nunca The Amazing Spider-man.

Y mi hijo no podría haberse llamado Benjamín sin tu pluma dibujando a aquel ser arácnido que aún está enquistado en mi corazón. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Llegué a casa temprano ese martes por la tarde porque había caído en cuenta que pronto tendría la visita de mi suegra y eso me dejaba poco espacio para poder relajarme en el cuarto que acondicionaba religiosamente todos los años para ella en fechas festivas. Coraline balbuceó esas palabras harto conocidas en Diciembre: “Viene mi madre. Ya sabes qué hacer con tus muñequitos y revistas.”
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“Bueno, hablé con Jenkins y me dijo que podíamos ir a averiguar si hay viejas autopartes y artefactos antiguos en el vecindario donde está ubicada la mansión. Hemos tenido suerte antes en las zonas aledañas así que su respuesta fue inmediata. Le pregunté qué tipo de autopartes era en las que más interesado estaba y me contestó que de todo, desde bujías hasta placas decorativas ya que en un negocio de venta de autos de segunda mano todo sirve hasta que se cae. Cuando me retiraba, le pregunté si alguna vez había escuchado alguna historia sobre la vieja mansión que se ubicaba en la zona en la que íbamos a tratar de comprar repuestos usados. Me contestó con cara de “qué sigues haciendo aquí, estamos perdiendo dinero” así que salí inmediatamente.”
“Ok entonces” – soltó un entusiasmado Patrick, “nos vamos. En tu carro o en el mío?”
“En ninguno”-contesté. “Nos vamos en el metro. Así tendré tiempo para leer nuevamente ese periódico tuyo, lo tienes aquí verdad?”


Collins estaba seguro de que hoy era el día de su gran triunfo. Había esperado lo suficiente, había ahorrado un poco más de la cuenta. Bebió su café de madrugada pero esta vez le echó 2 cucharadas de azúcar. “Perfecto, perfecto”- pensó. El banco estaría abierto en sólo unas horas y el estaría listo para ser dueño de una vieja casa que nadie quería, que no se había vendido en años, que necesitaba demasiada plata en refacciones y que no ameritaba esfuerzo alguno de ninguna constructora para poder invertir en ella. Ésa era la obsesión de un sujeto que no gustaba de hablar, de compartir o de contestar a las preguntas que se le hacían. La felicidad estaba a sólo unas horas. El traje estaba listo para ser usado y la noche empezaba a convertirse en un día plenamente gris y maravilloso. Miro al lado de su taza de café y, detrás de la vieja silla, se encontraba un recorte de periódico enmarcado. En letras grandes se leía “Meteoro descubierto en vieja casona”. Sonrió y saboreó nuevamente un glorioso café.


“Alguna vez les conté sobre mi papá? El siempre leía estos libros de ciencia ficción con una cerveza helada y tenía muchos en una colección que poco a poco fue haciendo. Recuerdo que las portadas de las revistas eran fascinantes, llenas de alienígenas y monstruos y cosas así, que se yo, era solo un crío y me encantaba verlas. Aunque no leí ni uno de esos libros. Cuando el murió, heredé todos los libros y los mantuve en casa por varios años hasta que los vendí a “Near Mint” y..qué irónico. Ahora trabajo allí con ustedes, holgazanes. Je.”
Le echamos la mirada cómplice y prosiguió: “Recuerdo un libro que me llamó mucho la atención, en la portada se veían unos tentáculos que se movían por sí mismos y aterrorizaban a una población que salío despavorida por la calle. Bueno la cuestión es que les menciono esto porque quería saber si alguno de ustedes alguna vez vió esta colección cuando eran pequeños, hace como 30 años de esto….”
“Sí, la recuerdo!” – dijo Patrick- “No exactamente el número que mencionas pero yo ví varios ejemplares a la venta cuando era chico y leí uno que otro número de ellos y, es más, hasta alguna vez les escribí saludándolos y pidiendo que la publicación sea más seguida…eran excelentes! Aún conservo uno que otro ejemplar en casa, si quieres te los presto…”
“Eso sería genial! Bueno…estamos cerca del lugar…todos listos con sus antorchas y máscaras?”

Nos reímos y bajamos tan pronto frenó el bus.

sábado, 22 de julio de 2017

Respiraba hondo y profundo cuando se sumía en pensamientos que no dejaba que se noten muy a menudo. Tomaba religiosamente 3 tazas de café negro y sin azúcar diarias y detestaba cada una de ellas. El sabor amargo le recordaba una juventud ya pasada, cuando la pierna izquierda funcionaba a la perfección y el abdomen no asomaba. Tosía de vez en cuando, nervioso y buscaba en internet todas las noticias que pudiera de ese lugar que lo fascinaba de alguna manera extraña. Nada. No encontraba nada. Mr. Collins no era un hombre que se daba por vencido tan rápido y las constantes visitas a quien tenía encargada la venta de la vieja mansión vestían a Mrs. Dublin de mucha paciencia. En sus frecuentes visitas, habían ciertos pasadizos y corredores que no era recomendable visitar, la madera podía ceder y arreglar todo costaría una fortuna. Pero eso no le importaba a Collins. Estaba decidido a comprarla, tal vez en un mes más, con los ahorros de toda una vida. Era el lugar perfecto en donde él veía el resto de su vida pasar sin que nadie toque a su puerta o lo moleste a la hora de escribir esos cuentos que vendía de vez en cuando a una editora local. La fortuna que siempre esperó con ellos nunca llegó. Pero la perseverancia era su mejor aliada en este caso y lo poco que heredó de algún familiar lejano lo hizo decidir la compra. Sabía que no había el más mínimo interés en aquella propiedad y sólo él, sólo él podría comprarla. Sorbió el café lentamente. Un asco. El sabor era exactamente el que necesitaba.
Al siguiente día, Mr. Collins se levantó tarde, como siempre. Hizo una mueca de queja por la contracción de los músculos que ocasionaba el dormir por tantas horas sin saber necesariamente qué día era. Un reloj muy fino que nunca daba la hora y siempre llevaba en la muñeca derecha era todo el talismán que necesitaba para emprender las labores del día. Ir a comprar alguna cosa para comer, siempre lo mismo, sin penas, ni glorias, ni nadie que lo acompañe. Veía, tranquilo, la vida pasar sin apuro. Todavía era lo suficientemente joven, lo suficientemente fuerte. Todavía reía solo, con la tv prendida y a veces reía solo, con la tele apagada. Nadie tendría la curiosidad suficiente para acercarse y tratar de conversar con él. Mr. Collins era un verdadero enigma en la sociedad. Y él prefería mantenerlo de esa manera.




A Pat le habían llegado noticias de algún extraño objeto que deseaba observar  en carne propia. “Es un fragmento de una piedra muy extraña” – nos contaba a Cole y a mí. “Dicen que algo pasó en este condado hace muchos años, algo de lo que nadie habla o quiere hablar y se ha dado por muerto el asunto”. De repente sacó un diario de hace 20 años que explicaba que un cuerpo extraño había caído en la casa de los Edison (¿los Edison?) hace un buen tiempo. “Y adivinen qué? ¿Cuál creen que es la dirección de esa casa de la que hablan?” y me miró fijamente y sonriendo. No tuvo que decir más. “No bromees.” Dije. “¿En serio?” Me entregó el periódico y mis incrédulos ojos leyeron la misma dirección de aquella vieja mansión que ejercía en mí un instinto de investigación espectacular.”Un momento…de dónde sacaste este diario?” le pregunté. “Recuerdas el baúl viejo que me enviaron hace un mes, cuando murió mi tío? Abrí el baúl y sólo habían algunos trastos viejos que pensó que me gustarián cuando se vaya y los metió todos allí.” “Y el periódico era algo que guardaría todos estos años?”
“No. El baúl estaba envuelto en él. Parece que originalmente era uno de los periódicos que guardó al mudarse, o era del día en que se fue y no lo habría leído…qué se yo? La cuestión es que al recibir el baúl se utilizó esta página para envolverlo”.
 Cruzamos miradas entre los tres. “Bueno” – dijo Cole “…saben que tenemos poco inventario que publicitar en “Near Mint”. Creo que echar un vistazo por ese vecindario no nos iría mal. Propongámoselo a  Jenkins y veamos qué dice”.  Una curiosidad de niño me embargó y reímos, entusiasmados ante la idea.

viernes, 21 de julio de 2017

50th Edison Street

Siempre que voy por el mismo camino me detengo algunos minutos para observarla. Plácida y con muy poca luz, madera que vió un mejor momento y ventanas sin limpiar, la mansión se yergue a la distancia, en un lugar en donde, de manera inexplicable, nunca cae el sol. Ejerce en mí una profunda atracción, como llamándome a visitarla pero nunca lo hago. No cruzo la vereda. No la observo más de medio minuto por más que quisiera quedarme horas viéndola. Es, quizás, mi mayor entretenimiento a la hora de regresar a casa dese el trabajo. No se le conoce historia alguna, solo que una vez fue habitada por gente muy extraña y nadie sabe más. Nunca ha podido ser vendida ni a los precios más bajos y no puede ser demolida porque a nadie le apetece hacer una inversión ya que el campo que la rodea parece que genera cierta radiación que no puede ser controlada de manera fácil. El folklore del pueblo y esa inmensa capacidad para crear historia que estoy seguro vienen de un aburrimiento absoluto, cuentan sobre algunos muchachos (que hoy deben ser señores) que entraron alguna vez y cuando salieron de la mansión prometieron no volver a hablar de ella o de lo que había sucedido allí. Las noticias locales y las estaciones de radio se le acercaron a dos de ellos pero prefirieron irse del pueblo antes que contar nada de lo que sucedió. Ninguno de los siete muchachos viven hoy aquí para contar nada y a mí sólo me llegaron estas historias tan raras que un hombre cuerdo en estos años no puede ni podrá creer.

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Son las 6:30 y el jefe me manda a averiguar quién está dispuesto a rematar su auto porque las ventas han estado muy buenas y el negocio debe seguir creciendo. “Necesitamos inventario. Viejo inventario que podamos convertir en algo nuevo para “Near Mint”. Sal a tomar aire y descubre que podemos adquirir a un precio módico para poder seguir creciendo. Haz tu mejor esfuerzo!”. Esa era la frase más importante para el jefe haz tu mejor esfuerzo y vaya que lo hacía. No con muchas ganas la verdad, pero la paga era buena y no podía estarme quejando todo el día bajo el sol. Además la familia debía subsistir de alguna manera y yo era el personaje idóneo para poder pagar las cuentas según mi esposa. Algún día, pensaba yo, podría escribir un libro. Pero hoy no. Hoy era momento de “Near Mint”.


El pub estaba abierto desde las 4 de la tarde. Algo temprano, pero la gente se había acostumbrado a que a esa hora se abría el local y muchos lo visitaban antes de ir a casa. Yo lo frecuentaba poco pero hoy era un día especial ya que era cumpleaños del viejo Sal. Sal era el dueño del pub y mantenía siempre la cerveza fresca para todo aquel que tuviera el dinero suficiente para pagarla así que terminando las labores, unos compañeros de trabajo y yo caeríamos a visitarlo. Siempre con historias interesantes por sus viajes fuera del condado y alguna que otra novedad en las bebidas que preparaba, Sal se había hecho de un buen nombre dentro del pueblo. La gente lo apreciaba bastante y nadie se metía con él por dos cosas: a) Medía un metro noventipico y era corpulento con unos grandes bigotes que movía de un lado a otro cada vez que no estaba de acuerdo contigo. Y b) Era dueño del Pub más importante de todo el sur.
Patrick, Cole y yo llegamos temprano. Los tres trabajábamos juntos y estábamos bajo la misma planilla pero en diferentes áreas de “Near Mint”. A Patrick lo conocí desde el colegio y a Cole en el trabajo. Hicimos muy buenas migas cuando empezamos a conversar sobre gustos musicales y de videojuegos de infancia  (los tres terminamos siendo grandes fanáticos y conocedores de la vieja computadora Spectrum y sabíamos cómo arreglarla de cabo a rabo. A ninguno le gustaba tomar demasiado pero sí nos gustaba pasar horas de horas viendo películas de los años 50 y 60 de ciencia ficción y nos burlábamos de los efectos especiales usados en ellos. La serial de Batman y los efectos de Nosferatu eran de nuestros favoritos. Conservábamos juegos y juguetes de cuando éramos muchachos e intercambiábamos historias con frecuencia sobre los orígenes de las compañías que nos daban gratos recuerdos. En fin, unos muchachos muy buenos a quienes yo consideraba amigos. Y los demás consideraban nerds.

Sal  nos atendió de inmediato al entrar y vociferar “Feliz cumpleaños!” a viva voz. “Ah” – dijo con ese acento tan característico – “si lo recordaron…la primera ronda es gratis! Les ofrezco el whisky de siempre pero como sé que los tres lo toman con Coca cola…esa sí se las cobro!” 

jueves, 9 de febrero de 2017

El correcto orden del pensamiento


En el camino a grabar, componer y ejecutar la memoria se me hace frágil. Papeles, apuntes y anécdotas son ahora esquivas y, teniendo una “fértil imaginación” como dirían las personas que me conocen, se me hace difuso separar la realidad de la ficción. Horas que se convierten en días, meses y años son las culpables de no poder juntar de manera cronológica ni los garabatos, ni las risas, ni la frustración, ni todos esos sentimientos volcados en muchas hojas que se las llevó el viento. O alguien. Para la posteridad.
Lo que sí recuerdo es la manera de concebir el producto y el subsecuente listado en el orden a ser escuchado. Ése sí lo recuerdo. Este es un producto que le pertenece al viento al no haber sido editado en formato físico. Una labor como cualquier otra que se hace con el corazón en la mano. Desnudarse parece ser muy fácil para algunos compositores y cantantes. Para mí, no lo fue. Sincerarme con lo único que sé hacer es lo único que puedo y debo hacer. Y que me disculpen a los que les interese disculparme.

TRACKLIST:

Lógicamente en el tintero se quedaron algunas cosas. Para una próxima aventura quizás. En este extraño y maravilloso mundo, ésta es mi voz: “The Building”. En un lugar donde ya no se aprecia el escuchar un disco continuo, en donde el tiempo corre más rápido cada vez, a veces impidiéndote formar nuevos lazos de sentimientos hacia algo tan invaluable como la música, espero encontrarte sentado y leyendo estas líneas mientras te preparas a darle click al enlace que te dejo. Si no puedes darle click...copia y pega. 

https://soundcloud.com/sgt-pepper-s


Solo para tus oídos. Solo para tu momento.
Quién sabe. Quizás descubras algo nuevo.


Chau.

martes, 29 de noviembre de 2016

Las pinturas del Maestro

En el pueblo se hablaba de quién sería el afortunado en entregarle los lapiceros al maestro Jonás. Se organizó una reunión (siempre benéfica) y los personajes más ilustres del sitio dieron hermosos sermones de la relevancia e importancia que tenía ahora el condado gracias al conocimiento que había adquirido el mundo sobre las pinturas y óleos hechos por el maestro años atrás. No había si no un sentimiento de algarabía y júbilo en todo Countybloom al haber sido el recipiente de tan magnífico regalo por parte de las autoridades máximas del país. Mr. Jaques Klintleton pronunció palabra: “La dicha que nos embarga el día de hoy se pone en manifiesto en el parque central, en donde puedo ver a casi todos nuestros habitantes! Un día muy especial, sin duda, día que celebraremos desde hoy como el ´día de colores Countybloom´. ¡Será impreso en todos los calendarios de hoy en adelante! ¡Alzo la copa y bendigo este suelo que vió nacer y ejercer a nuestro ilustre hijo el maestro Jonás Fuddleflux!....Lamentablemente  no pudo estar con nosotros hoy ya que seguro está trabajando en su siguiente obra maestra y no podemos interrumpirlo tan seguido, por eso se mudó a las colinas de difícil acceso…pero eso no importa porque hoy eligiremos a nuestro candidato, para poder llevarle tan grato presente y que nos demuestre, con su trazo, las maravillas que se pueden crear con imaginación y muchos colores!”.
Cerró el discurso con el vitoreo absoluto de la comunidad y sacó el papel al azar de una caja improvisada con scotch y el clásico hueco en el medio. El nombre elegido, por cierto, era harto conocido: Don Miguel Caratissimo sería el encargado de llevar el obsequio. ¡Hurra! Caratissimo al alba, lleve con usted el premio y nuestro regocijo!
Así pues, definido el día, fecha y hora, Caratissimo se preparó. Se echó el perfume más caro, se puso la indumentaria más pomposa y el sombrero de copa más alto de todo el pueblo. El carro, manejado por su chofer, brillaba de limpio y, sin más, emprendía camino hacia las colinas en donde vivía el gran maestro.
Al llegar, Don Miguel notó que el camino era sinuoso y no exento de piedras y baches. Una clara falta de mantenimiento, se lo mencionaría al alcalde en una posterior conversación. El paisaje estaba lleno de hojas secas, sin riego alguno, hasta donde la vista podía llegar. Varios minutos (que parecieron más que  minutos) se fueron mientras el carro se ladeaba de un lado a otro, sorteando huecos y charcos que iban dejando al bólido bastante sucio. “Caray…qué tal sitio al que se mudó el maestro!” dijo Caratissimo mientras se daba pequeños tumbos dentro del auto.
Por fin divisó, a lo lejos una pequeña cabaña. El color de ésta hacía juego con el paisaje en donde reposaban las viejas maderas. Un techo de paja era un constante nido de pájaros de diferentes colores y tamaños, que había aprendido a vivir entre unos y otros. Bajó del carro. Caratissimo se dió cuenta de que el maestro andaba en casa ya que la chimenea botaba suficiente humo. Se acercó a una de las ventanas y trató de fisgonear en una de ellas pero casi no podía distinguir una silla de una estufa y no observó movimiento alguno. Tal vez esté descansando – pensó – o trabajando, sí, en algún otro lugar que no llego a ver!
Con los finos guantes puestos, se acercó nuevamente al carro y sacó del compartimento la fina caja llena de colores, un regalo de la nación, la limpió con un pañuelo y se acercó a la puerta de la cabaña. Acto seguido, tocó tres veces.
D´artagnan, perro fiel del maestro, ladró. Un perro viejo pero atento aún a cualquier movimiento extraño dentro de la casa. El ladrido hizo saltar un poco  a Caratissimo, pero tomó compostura casi de inmediato, como lo hacían los grandes señores de alcurnia.
Volvió a tocar la puerta. Esta vez, el gruñido del perro lo puso en alerta. Luego, escuchó que el perro se tranquilizaba y se alejaba un poco de la puerta. Carattisimo se ajustó la corbata y sostuvo fuertemente el regalo mientras la puerta se abría lentamente.
No medía más de un metro sesenta de estatura y so era contando los zapatos. La barba, blanca y tupida y un ojo que se le abría más que el otro eran rasgos característicos de Jonás, el maestro que había pintado toda su vida sin pensar en nada más. Carattisimo se presentó, sacándose el sombrero de copa y haciendo una pequeña reverencia. “Maestro Jonás que honor verlo en persona! He viajado desde el pueblo para poder conversar con usted y, en representación del alcalde y los más altos dignos representantes de Countybloom vengo a hacerle entrega de estos magníficos lápices para ser usados en su próxima obra maestra!”
Jonás se lo quedó viendo de arriba abajo, pensando en que le diría a este pobre hombre.
“Carattisimo: sé quién es usted y por eso le he permitido hablar. Ahora que ha terminado quiero que me escuche atentamente. Esos lápices puede guardarlos, no los necesito. Tampoco necesito que me vengan a visitar. Las celebraciones y huachaferías se quedan fuera de esta puerta. Los lápices me los compro yo y mi tiempo lo uso como mejor me plazca. Ahora, en este instante, lo estoy usando para indicarle lo que va a pasar. Hace un minuto lo estaba usando en comerme una pequeña manzana. Dentro de cinco minutos no sé en qué lo estaré usando. Pero lo que sí le aseguro es que no lo usaré para hacer un cuadro más. Usted viene con mucha preparación a decirme lo orgullosos que están de que yo haya nacido aquí, que soy un ilustre representante de este lugar. Déjeme, entonces, aclararle dos cosas: yo no nací aquí. Y, lo segundo, es que no represento a nadie ni a nada que no sea yo mismo o algo de mi interés. El pueblo no me interesa. Sus lápices tampoco. No agradezco que haya venido aquí sin antes avisarme. Y, por último, le cuento que no vuelvo a pintar más. Ni en una hoja de papel. Me aburrí de eso, ahora leo algún libro viejo y riego las plantas en la parte trasera de la casa. Así estoy tranquilo.
Dígale al alcalde de mi parte que no se moleste en volver a venir o mandar delegación alguna que no será recibido. Espero que entiendan con esto que el hombre, en su proceso de evolución, tiene el derecho de convertirse en algo más que una estándar de vida para los demás y tiene la obligación de mutar si así lo requiere, ya que la vida es muy corta para no gozarla plenamente.
Debo despedirlo. Mi perro está con hambre y luego quiere jugar. No salude a nadie de mi parte, después están creyendo que somos hermanos desde chicos. Buenas tardes y que lo bendiga el dios al que le reza por las noches.”
Carattisimo se fue sin decir una palabra.
Jonás, a sus 73 años, había decidido ser carpintero y podador de plantas.

Nada lo hacía más feliz hoy.

miércoles, 27 de julio de 2016

Vino

Aún sabía cómo reaccionar en caso de emergencia. Sus pupilas se dilataban, perdía poco a poco el movimiento y el cuerpo empezaba a tomar una curva siniestra. Las manos temblaban y no podía gritar para pedir ayuda. Generalmente caía al suelo y se rompía la copa de vino que traía en la mano derecha, ocasionándole múltiples heridas. Trataba de ver alrededor antes de que se nuble por completo la vista y pierda el conocimiento y un último pensamiento derivaba en un “Dios, ojalá hasta pronto…”.
Luego, el silencio.
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La presión del tiempo ejercía una fuerza brutal y el lugar seguro donde se encontraba se hacía cada vez más chico, cada vez más ajeno. Sentía unas ganas inmensas de volar y probar algo nuevo pero la comodidad de su espacio y lugar se lo prohibían por las noches. Escribía y leía como un poseído porque eso de alguna manera aplacaba sus ansias de mostrarse al mundo de una manera en que sólo él sabía que era. Cuando estaba triste sonreía más, mucho más. Pero nadie creía en eso ya. Había pasado demasiado tiempo ocupando un lugar que había acomodado sólo para él sin pensar que el tiempo trae consigo una sensación de cambio que debe cumplirse porque pasar la vida en silencio y sumido en pensamientos que no materializaba lo hacía cínico. Veía poca televisión porque pocas cosas estaban a la altura de su intelecto. A veces, el día se lo comía entero. A veces, soñaba con comerse vivo al día.


Cuando se llamaron, pensaron en que no se iban a ver jamás. La última vez fue un desastre y nadie quería recordarlo. Él recordaba sólo que habían copas de más y quería irse lo antes posible de cualquier lugar en donde ella se encontrase. Así, en su capullo, se escondería por años, ya era un experto. Ella no demostró nada. Pero años después quedaron en encontrarse en algún lugar. Algún café quizá. A algún lugar al que no habían ido nunca juntos quizá. Un punto medio, neutral, sin historia.
Ella llamó y el accedió. Y se encontraron en un punto aparte de la ciudad. Iluminado, alegre. Todo empezó bien, a él se le cayó un vaso con agua en el pantalón y ella dijo que eso pasaba por empezar a tomar agua, que tu cuerpo no está acostumbrado a esas sustancias tan puras. Los dos rieron y la gente volteó a verlos y él se puso la servilleta en la pierna mojada minetras ella le indicaba al mozo que no más agua esta noche, si te mojas, te mojas con vino. Y vinos fueron y vinieron y él no tomaba vino nunca. De café nada. De comida poco. De tertulia y vino bastante. De risas mucho. Muchas más que las que habían brindado a otras personas por años. Suficiente por esa noche. Ella manejó hasta un lugar donde él pueda descansar. Le dio un beso de buenas noches. Él sonrió y se quedó dormido.

A la mañana siguiente ella se levantó con una extraña molestia en la cabeza y pronto recordó por qué era: ah, el vino, la noche anterior. Eran las 10.00 am. Recordó que debía almorzar con algún familiar y fue a prepararse un pequeño desayuno. Prendió la radio, sonrió, empezó a cantar, abrió la refrigeradora para ver si algo no estaba vencido, prendió fuego a la sartén. Aceite. Huevos. Listo. Café, por supuesto. Cuando se acercó a la hornilla para apagarla el dolor de cabeza se intensificó. Antes de entrar en pánico quiso apagar la cocina como por instinto pero el tiempo no jugó a su favor. Un repentino ataque de aquellos. Mientras caía pensó: “Dios, ayud—“… pero una mano apagó rápidamente el fuego y la sostuvo al caerse; nada se rompió, nada se quebró, nada se quemó. Ella lo vió mientras cerraba los ojos y él dijo: “Buenos días, hoy me toca a mí rescatarte creo ¿no?”.